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al-Biruni: el sabio que occidente ignoró

al-Biruni: el sabio que occidente ignoró

Si hace mil años hubiera existido un premio Nobel se habría otorgado, sin la menor duda, a toda una constelación de científicos musulmanes. Durante esa época Europa vivía aún bajo la influencia de la herencia cultural de Roma, y no eran precisamente las exigencias científicas las que correspondían a sus intereses. Muy al contrario, en el Oriente islámico se había formado un clima intelectual que no sólo permitía el estudio de los fenómenos naturales, de las matemáticas y de la medicina, sino que incluso lo promovía.

La zona de influencia de la religión fundada por Mahoma se extendía en el siglo X desde la península Ibérica hasta la frontera de India, pasando por el norte de Africa y Asia occidental. Eruditos musulmanes recogían de buen grado el saber de los nuevos espacios culturales. EI legado grecolatino era recibido del mismo modo que la ciencia hindú y los conocimientos de los persas de la época preislámica. Con la victoria sobre los chinos en la batalla de Samarcanda, en el año 751, los árabes adquirieron, a través de los prisioneros de guerra, el conocimiento de la fabricación del papel, y este material barato, junto con la elegancia de su caligrafía, que permitía una velocidad de escritura mayor que la latina, se convirtió en un factor de cultura decisivo.

En numerosos lugares de la zona árabe-islámica se desarrollaron centros intelectuales. En Bagdad, por ejemplo, se tradujo en los siglos LX y X prácticamente todo el material científico que al final de la Edad Antigua griega seguía vigente. Dentro de éste se incluía el ‘Corpus” de los escritos aristotélicos, la voluminosa obra de Galeno de Pérgamo (129-216) y el “Almagesto”, el manual de astronomía de Ptolomeo (1OO- 160 aproximadamente).

La ciencia árabe-islámica no se agotó en la transmisión del saber ya existente, sino que cohesionó los materiales de construcción disponibles y los desarrolló en gran medida mediante trabajos propios. De ese modo, los países de dominio musulmán aportaron gran cantidad de sabios que contribuyeron de una forma determinante al progreso científico.

Uno de los merecedores del “premio” hubiese sido Abu Ali al-Hasan ibn al-Haitham (965-1039 aproximadamente). Conocido en Occidente como Alhazen, este sabio egipcio e investigador de las ciencias naturales describió el efecto de las lentes ópticas y desarrolló espejos huecos. Debido a sus experimentos ópticos —600 años antes que Galileo y Kepler—, merece ser considerado el primer fisico experimental genuino de la historia. Otro de los candidatos sería el persa Abu Ali al-Husain ibn Abdallah ibn al-Hasan ibn Ali ibn Sina (980-1037 aprox.), autor de unos compendios de filosofía aristotélica y de medicina galénica utilizados como libros de texto durante siglos.

Bajo su nombre latinizado de “Avicena” influyó con estas obras en la historia del pensamiento y de la medicina occidentales como ningún sabio no cristiano había hecho. EI historiador de la ciencia George Sarton otorgó, con todo, el primer puesto a otro coetáneo de Alhazen y de Avicena: Abu r-Raihan Muhammad ibn Ahmad al-Biruni (973-1048). A diferencia de los dos anteriores, al-Biruni permaneció totalmente desconocido en Occidente. Sólo el orientalista francés Joseph Reinayd y el naturalista alemán Alexander von Humboldt divulgaron, a mediados del siglo XIX, su figura en Europa. No existe todavía ninguna edición completa alemana, inglesa o española de su obra. Se dispone sólo de una traducción lusa de los manuscritos árabes, que fue editada en Tashkent, en 1957, patria del sabio en el Asia Central.

Al-Biruni nació en Kath en septiembre del 973, capital del entonces reino de Joresm, situada a orillas del Amudaria, al sur del mar de Aral. Hoy pertenece esta región al Uzbekistán. Su destino lo llevó —unas veces de buen grado y otras contra su voluntad— a diversos lugares de Asia central. A pesar de todas las circunstancias adversas al-Biruni se convirtió en el sabio más significativo del Medievo islámico. Llevó a cabo contribuciones esenciales en matemática, astronomía, geodesia, mineralogía y farmacia. Sus escritos están impregnados de un vigor teórico y de una concepción humanística tales, que sólo un gran espíritu investigador puede lograr. La tarea polifacética realizada a lo largo de su vida no tiene parangón.

Al-Biruni procedía de extracción humilde. Por motivos que ignoramos creció con los príncipes de la dinastía iraquí entonces reinante en Joresm. Abu Nasr Mansur ibn Ali ibn Iraq, miembro de la realeza, lo tomó bajo su protección. Fue una verdadera suerte para el joven al-Biruni, pues sólo en las proximidades de una corte de príncipes, que por otra parte, debido a la disgregación del Califato, habían proliferado abundantemente, podían desarrollarse las facultades creativas, gracias al ocio y a la seguridad material que ofrecían. EI propio Abu Mansur fue un ilustrado; reelaboró “La Esférica” del matemático helenístico Menelao de Alejandría, la única forma en que nos ha llegado. Ya a la edad de 17 años al-Biruni determinó, por sí mismo, la latitud de su ciudad natal. EI hecho de que la Tierra fuera una esfera resultaba evidente para él. Medio milenio antes que Martin Behaim, que en 1492 construiría en Nuremberg su manzana terrestre”, creó al-Biruni un globo terráqueo. Con cinco metros de diámetro era diez veces mayor que el globo del alemán, aunque abarcaba solamente el hemisferio norte, pues se trataba en realidad de una semiesfera. Esto obedecía a motivos técnicos, ya que no se conocía apenas nada de los países más allá del ecuador. Sobre la superficie esférica al-Biruni anotó las posiciones de ciudades, determinadas astronómicamente, unas veces, y, otras, mediante referencias de su distancia tomadas de relatos de viajeros.

al-Biruni: pionero de la medición de la Tierra

Para determinar la posición, al-Biruni tenía que enfrentarse a los mismos problemas con que unos siglos más tarde aún lo hacían los navegantes europeos: mientras que la latitud geográfica de un lugar es fácil de obtener mediante la altura del Sol, para saber la longitud geográfica, es decir, la distancia angular a un meridiano cero establecido arbitrariamente, se necesita tener un signo temporal que se propague por eI espacio. Los griegos sabían que para ello era suficiente un eclipse de Luna que fuera visto simultáneamente desde todos los lugares en los que este astro estuviera sobre el horizonte. La correcta medición exigía, sin embargo, una planificación previa que abarcara un espacio amplio. Para ello al-Biruni mantuvo correspondencia con Abu 1-Wafa al-Buzdjani, astrónomo que vivía en Bagdad, y concluyó con él la medición común del correspondiente tiempo local en que ocurriría el eclipse del 24 de mayo del 997. Ambos investigadores establecieron la diferencia de tiempos locales de Kath y de Bagdad de una hora justa —sólo cinco minutos menos que eI valor correcto— y con ello la veinticuatroava parte del círculo completo, o sea, 15 grados.

Otro problema científico afectaba al tamaño auténtico de la Tierra. Sobre su forma esférica, no había discusión para los familiarizados con Aristóteles y Ptolomeo. Al-Biruni cuenta divertido una disputa que tuvo lugar al comienzo del siglo X entre un filósofo cristiano y un teólogo musulmán. EI último había arrancado, airado, unas páginas de una traducción de Aristóteles donde se decía que el agua del océano rodea a la fierra, más pesada, y al punto medio del mundo, en forma de pelota. EI teólogo insistía en que el agua líquida sólo podía tomar la forma de un cuerpo firme que la rodeara y, por consiguiente, debería desprenderse, en gotas, de la Tierra en eI caso que ésta fuera esférica. Al-Biruni comenta al respecto: “Si yo hubiese estado en eI lugar [del filósofo] le hubiera gritado al oído y le hubiera mordido en los dedos, esperando con este ataque devolverlo a la razón.

Pero el diálogo con ellos resulta inútil y una auténtica pérdida de tiempo”. Cien años antes de tal disputa, al-Ma’mun (786-833), hijo y sucesor del legendario jalifa Hamn ar-Rashid, hizo medir la distancia que abarcaba un grado de latitud en la planicie desértica vecina a Mosul. Para ello utilizó un método descrito por Eratóstenes (276-196 a.C.). EI resultado, de 113 km, era sorprendente, por lo exacto: sólo un 1,5% mayor que el valor moderno. Al-Biruni describió el costoso procedimiento, pero se Ie denegó una repetición de la medición, pues hubiera necesitado para ello muchos colaboradores y, en los tiempos inseguros que corrían, también una cobertura militar. Optó por otro procedimiento que ya había probado al-Ma’mun y para el cual no existía precedente griego.

EI jalifa había ordenado medir, durante una incursión militar a la costa de Asia menor, la altura de una montaña, y a continuación colocar en su cima un bastón de referencia, dirigido, en eI momento de la puesta del Sol, hacia el horizonte marino. A partir de la diferencia de ángulo medido entre la horizontal y la altitud conocida de la montaña pudo calcularse la magnitud de la esfera terrestre. Al-Biruni no dispuso en realidad de una costa marítima, pero en sus últimos años de vida pudo utilizar como substitutivo la extensa llanura del Indo. Hacia el año 1023 se encontraba en la fortificación de Nandana, que dominaba la planicie del Pandjab desde el borde de la cordillera afgana. Desde una montaña vecina distinguía bien la línea del horizonte de la llanura lisa frente al azul del cielo. De este modo dio un valor 110.275 metros a la 360ava parte del perímetro terrestre.

Que al-Biruni se ocupara temprana- mente de geodesia y de trigonometría esférica hay que atribuirlo a su maestro Abu Nasr Mansur. Estas disciplinas gozaban en los territorios islámicos de especial predilección, pues en la segunda sura del Corán se ordena a los creyentes una determinada postura en eI momento de rezar. “Adondequiera que salgas, dirige tu rostro en dirección a la mezquita sagrada, y dondequiera que estéis, dirigid vuestro rostro hacia ese lugar”. Al-Biruni se sonreía ante los ingenuos que sabían bien dónde se haIlaba la Kaaba… a condición de estar situados en las inmediaciones de La Meca. A mayores distancias se orientaban por la dirección del viento o por la posición del Sol a mediodía, ya que éste se encontraba en La Meca y en verano en su cenit, y creían que en toda la Tierra era mediodía al mismo tiempo. Al-Biruni experimentó, repetidas veces, a lo largo de su vida hasta qué punto un investigador dependía de la protección de un soberano. Cuando en eI año 995 fue derrocada la dinastía de los iraquíes en Joresm, perdió su privilegiado estatuto y hubo de abandonar su patria. Halló refugio en la ciudad persa de Rayy, cerca de la actual Teherán. Allí entabló conocimiento con el astrónomo al-Judjandi; éste, bien relacionado con su príncipe, pudo construir un sextante gigantesco de veinte metros de diámetro. Con semejante aparato de medición, dispuesto a lo largo de la línea del meridiano y medio soterrado, estableció la oblicuidad de la eclíptica en 23 grados 32 minutos y 19 segundos, valor más cercano al vigente hoy en día, de 23 grados y 27 minutos, que el propuesto por Ptolomeo, de 23 grados 52 minutos. Gracias a la mayor dimensión de los instrumentos, la precisión de las mediciones obtenida era mayor. Este principio fue llevado a su perfección 400 años más tarde por el soberano e investigador Ulug Beg: el tamaño del sextante gigante que construyó en su observatorio, junto a Samarcanda, doblaba las dimensiones del dispositivo realizado por al-Judjandi.

La disputa con Avicena

Pero al-Biruni no consiguió un puesto en la corte de Rayy. Por ello decidió pronto regresar a Kath, su ciudad de origen. Es posible que en esa decisión contara también el propósito de utilizar el eclipse de Luna de mayo del 997 para determinar la longitud. Además, desde Kath disponía de una línea de base mucho más larga hasta al-Buzdjani, su colega de Bagdad, que desde Rayy. De nuevo al-Bimni abandonó su patria en el 998. Se trasladó a Gurgan, en la costa sudeste del mar Caspio, donde fue recibido generosamente en la corte del soberano Qabus. Allí compuso algunas obras astronómicas; entre ellas, un tratado para la construcción del astrolabio. Permitía ese instrumento fijar la posición de las estrellas, determinar la hora e incluso acometer mediciones geodésicas y cálculos trigonométricos.

Al-Biruni pasó unos cinco años en Gurgan. Luego se trasladó a Gurguench, la nueva capital del reino de Joresm. Allí se habían reunido varios sabios en una especie de academia, incluido su maestro Abu Nasr Mansur. Más tarde se agregó Avicena, quien, por mor de sus relaciones cambiantes con el poder, había huido de Bujara, su patria chica.

En su nueva residencia, al-Biruni se dedicó con ahínco a problemas de física. Para medir la densidad de metales y piedras preciosas construyó un recipiente con un rebosadero del cual un cuerpo, con un determinado peso, desalojaba cierta cantidad de agua; cuerpos de igual peso, pero con una menor o mayor densidad, desalojaban, en correspondencia, más o menos agua. Con este procedimiento, los alquimistas, que también infestaban el mundo islámico, hubieran podido comprobar el oro falso de sus laboratorios, cosa que nunca hicieron. Al-Biruni guardó para sí un sano escepticismo; así juzgó en cierta ocasión, de pasada, a sus contemporáneos: “Muchos entendidos han perdido la cabeza en la alquimia, mientras que gran cantidad de estúpidos se burlan de ellos y de sus adeptos”. En realidad su actividad era mucho más racional que la de los magos, ya que no necesitaban sus conjuros. Entre los alquimistas se notaba ya una voluntad “faustiana” de cambiar el mundo, de la que carecía aún la antigua filosofía natural de corte netamente especulativo.

EI más selecto representante de ésta fue Aristóteles, aunque al-Biruni no estaba de acuerdo con todas las ideas y explicaciones del pensador griego. Por ello, en la época de la segunda estancia en su ciudad natal de Kath, acudió con algunas preguntas a Avicena, que vivía por entonces en Bujara y que a pesar de su juventud era tenido por un experto en filosofía aristotélica.

EI intercambio epistolar entre al-Biruni y Avicena abarcó una amplia diversidad de fenómenos naturales. Aristóteles admitía cuatro elementos terrestres esenciales: tierra, agua, aire y fuego. De su unión resultaban los distintos cuerpos. Igualmente suponía que éstos, bajo determinadas circunstancias, se transformaban unos en otros, de manera parecida a los distintos estados de agregación. Al-Biruni preguntó a Avicena si eI agua, al evaporarse, sólo se dispersaba en el aire haciéndose invisible o bien se convertía ella misma en aire. EI interrogado consideró correcto únicamente lo último y puso como prueba algunos de sus propios experimentos. Para ello colocó unas botellas llenas de agua en un horno que, con eI calor, estallaron. Según la interpretación de Avicena, eI agua había tomado en el calor la nueva forma de aire que necesitaba más espacio. Una dispersión de las partículas de agua no hubiera podido desarrollar tal fuerza explosiva. Sólo más tarde al-Biruni observó con sus propios ojos que el vapor de mercurio se transformaba, al enfriarlo de nuevo, en auténtico mercurio, y por consiguiente no había perdido nunca su forma.

Al-Biruni preguntó también por qué unas botellas llenas de agua explotaban al congelarse, si todos los cuerpos encogían al enfriarse. Avicena le enseñó que el agua se encogía efectivamente, pero, como según Aristóteles no existe el vacío, se producía entonces una presión en eI recipiente que hacía romper sus paredes. Pero al-Biruni prestó mayor atención y advirtió que el recubrimiento no se deformaba por la presión hacia adentro sino hacia fuera.

Precursores de la idea de una nueva imagen del mundo.

En estos ejemplos se pone de manifiesto una diferencia fundamental entre los dos sabios islámicos: para Avicena, que se apoyaba firmemente en la forma de pensar de los antiguos, el experimento ocasional servía para demostrar una teoría propuesta de antemano. Al-Biruni, por eI contrario, esbozó los primeros enunciados que permitían romper eI cerco envolvente de la concepción aristotélico-ptolemaica del mundo. Sus experimentos iban ya en la dirección con que hoy en día se designa a las falsaciones. Mientras que Avicena intentó más tarde apuntalar teóricamente en su “Canon de la Medicina” la idea comúnmente aceptada sobre el carácter venenoso de los diamantes, al-Biruni relata en su “Mineralogía”: “En cierta ocasión dieron en mi presencia diamantes a un perro, pero no se produjo ninguna reacción, ni inmediata ni al cabo de un tiempo”.

En eI año 1013/1014 comenzaron en Joresm una serie de disturbios políticos que no sólo tuvieron una importancia decisiva en las sucesivas circunstancias vitales de al-Bimni y de Avicena, sino que influyeron también en gran medida en el curso de la historia de la ciencia y la cultura. Desde Ghazna, su ciudad de residencia, el sultán Mahmud llevó a cabo una tenaz política de conquistas. Su zona de dominio se extendía desde Georgia en el oeste hasta el valle del Indo en el este. A continuación, en el norte, incorporó Joresm de manera pacífica a sus dominios, dando en matrimonio al Shah de esta ciudad a su hermana. Cuando la nobleza de Joresm se levantó contra la arbitrariedad de Mahmud y mató al shah, Mahmud halló el momento para invadir con su ejército el pequeño estado y vengar a su cuñado. Al-Biruni, que gozaba de la confianza del shah, se libró de la muerte, pero fue deportado junto con innumerables cautivos a Ghazna. Avicena había huido, por las mismas fechas, a Gurguench; tras muchas aventuras llegó a Isfahan, después de pasar por Gurgan y por Rayy.

Al-Biruni se acomodó a su nuevo destino. Pese a no ser el poderoso Mahmud un promotor de la cultura, la presencia de un sabio en la corte no resultaba del todo inútil. En cierta ocasión apareció en Ghazna un enviado de los búlgaros de la zona del Volga pidiendo audiencia. Durante la entrevista contó que en el extremo norte había zonas donde en verano nunca se ponía el sol. Mahmud se irritó y 10 acusó de herejía, dado que la obligatoriedad de la oración cotidiana cinco veces y el ayuno del Ramadán se basaban en la salida y la puesta del sol. Al-Biruni mostró su disconformidad y pudo demostrar que el fenómeno descrito tenía su explicación. En su “Geodesia” expone que los habitantes de las riberas del Báltico se hacen a la mar y “viajan siguiendo la dirección del polo norte celeste hasta llegar a un lugar donde el sol, en su estación estival, gira sobre el horizonte. Ellos observan eso y se pavonean entre sus gentes por haber alcanzado el lugar en el que no existe la noche”.

Mahmud emprendió reiteradas expediciones militares a la India noroccidental. Como defensor de la fe musulmana saqueó sus templos y se llevó riquezas, elefantes y esclavos a Ghazna. Al-Biruni pudo —o debió— acompañarlo, aprovechando la circunstancia para aco- meter varios estudios, aprendizaje del sánscrito incluido. Fruto de estos viajes fue la redacción de una monografía exhaustiva sobre la India, en la que analizaba todo cuanto le llamaba la atención de aquel mundo ajeno: eI sistema de castas, el politeísmo, la transmigración de las almas, los extraños conceptos de pureza ritual y las vacas sagradas.

Al principio al-Biruni esperaba que, a través del contacto con los astrónomos indios, aprendiera algo nuevo. Se llevó, sin embargo, una decepción. Ciertas cosas se correspondían con asuntos que los griegos habían ya elaborado e incluso mejorado. A eso se añadían concesiones a la religión popular, como las cuestiones de los eclipses de Luna y de Sol, que incluso hoy en día tienen un papel importante, y que se atribuían a un demonio invisible del cielo. Descubrió que el origen de esta falsa creencia residía en la concepción hindú del universo, que situaba la Luna por encima del Sol y, por tanto, “necesitaban algo que concerniera a ambos astros, como un pan redondo a un pescado”. En conjunto, pudo comparar la ciencia india “al nácar mezclado con trozos de barro, o a perlas rodeadas de estiércol, o incluso a cristal de roca tallado bajo un montón de guijarros”. Echaba en falta el amor incondicional a la verdad que otrora distinguiera a una persona como Sócrates. Para instruir a sus colegas indios, les tradujo el tratado matemático de Euclides, el manual de astronomía de Ptolomeo y algunas cuestiones sobre la construcción del astrolabio.

Europa lo ignoró.

Al leer el libro sobre “la India” recibe uno a veces la impresión de que se halla ante un arrogante funcionario británico colonial, instruido, pero con una simpatía limitada por la cultura del país. La verdad es que al-Biruni quería dar a entender que todos los errores de la civilización india podían corregirse con la adopción del Islam, religión que ya había hecho de los antiguos árabes seres civilizados. De este modo, al-Biruni, con su incursión en esa cultura ajena, proporcionó una gran ayuda a las expediciones de pillaje y de conquista de un personaje como Mahmud o de sus sucesores que impregnaron de otra identidad una parte del subcontinente.

Los europeos podríamos estar contentos si en nuestro continente hubiésemos tenido, al comienzo del primer milenio, una figura como al-Biruni, que hubiera aprendido latín y, con la mirada perspicaz del que observa desde fuera, hubiera adoptado la historia y la discreta cultura de nuestros antepasados de Europa occidental.

Los romanos de la antigüedad, a pesar de la solidez de su administración, de su jurispmdencia y de su arquitectura, transmitieron sólo magros retazos del saber antiguo a los monjes y estudiosos ansiosos de conocimiento del Medievo latino. La abadesa Hildegard de Bingen (1098-1179), pretendidamente dotada de poderes proféticos, impresiona al lector actual por su fresca mirada al hombre y a su entorno natural. Pero lo que ella explicó en su “Causae et curae” sobre las fases de la Luna, que se enciende como un bastón de madera, o sobre sus eclipses, causados por una tormenta, está muy por debajo del nivel de la ciencia islámica coetánea.

Pero eI importante desnivel intelectual entre Oriente y Occidente no podía permanecer largo tiempo sin compensarse. EI proceso comenzó con lentitud a finales del siglo X en el norte de España, en la zona de contacto con la parte árabe de la Península, precisamente con la recepción del astrolabio ya mencionado y con la traducción de las instrucciones de uso que lo acompañaban. La admiración por ese logro de la técnica fue tal, que el filósofo Pedro Abelardo (1079-1142) puso el nombre de “Astrolabio” a su hijo, que había traído al mundo con su esposa y alumna Eloísa. EI instrumento, del que se hicieron numerosas reproducciones, era sólo la llamada variante planisférica que los griegos ya habían desarrollado; además existían muchas otras que al Biruni había mostrado en uno de sus escritos.

Un tipo de astrolabio, llamado “navicular” por su forma de barca, atrajo un interés especial: estaba concebido de modo que la Tierra giraba en medio del cosmos y la superficie más externa de la esfera, en la que se representaban las estrellas fijas, permanecía inmóvil. Eso no constituía aún la revolución heliocéntrica de Copérnico, pero supuso la mitad del camino recorrido. Al-Biruni señaló que, desde un punto de vista puramente matemático, no había ninguna objeción que hacer a ese tipo de concepción; con todo, existían motivos físicos en contra, ya que los hombres tendrían que notar algo del rapidísimo movimiento de la superficie terrestre. EI péndulo de Foucault, por desgracia, no se había inventado todavía. A mediados del siglo XII se inició en España una dilatada actividad traductora. En Toledo, Gerardo de Cremona tradujo, entre otros muchos trabajos árabes, el “Canon de la Medicina” de Avicena, así como eI “Almagesto” de Ptolomeo. EI “Qanun Mas’udi” de al-Biruni, que representaba una concepción mejor y más moderna de la astronomía, no se hallaba entonces al alcance de los traductores. Por ello los científicos musulmanes aparecieron a las generaciones posteriores como simples transmisores de la ciencia griega. Hubo que esperar a la arabística moderna para que se descubriera la figura de al-Biruni. Cuando un público más amplio pudo fijarse en él, la ciencia europea lo había ya sobrepasado en todos los conceptos.

Referencias:

AL-BIRUNI. De E. S. Kennedy en Dictionary of Scientific Biography. ed. Ch. C. Gillispie, vol. 2, pág. 147; Nueva York 1970.

AL-BIRUNI. IN DEN GÂRTEN DER WISSENSSCHAFT. Textos escogidos de las obras del científico musulmán universal, traducidos y comentados por G. Strohmaier, edición corregida, Leipzig 1991.

AVICENNA. G. Strohmaier, Munich 1999.

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